La defensa de la vida y de los derechos humanos; seña de identidad del PNV (2)

Josu Erkoreka en su blog.

Manuel Irujo o el compromiso existencial por el respeto a la vida humana

En la historia del PNV, ha habido una persona cuya actitud y trayectoria vitales reflejan con particular claridad el firme compromiso del partido con la defensa del ser humano y su derecho a la vida. Me refiero, lógicamente, al navarro Manuel de Irujo, que no fue una excepción singular, sino un ejemplo elocuente dentro del PNV.

Abogado por vocación y humanista por convicción, Irujo siempre se manifestó, con enérgica vehemencia, en contra de la pena de muerte. Ya en 1934, al comunicar al EBB la probable tramitación en las Cortes republicanas de una iniciativa impulsada por la derecha que preconizaba la pena de muerte, advertía: “Yo, por temperamento, soy contrario a votarla. No se trata de una ley vulgar cualquiera, sino de un sentido muy hondo del derecho. Es de las leyes cuya votación por la minoría vasca merece ser estudiada por el EBB. No he de ocultar, yo, personalmente, mi inclinación a abstenernos de votar la pena de muerte”.

Años después, ya en plena guerra civil, don Manuel se sirvió del cargo de ministro de Justicia del Gobierno de la República para desplegar una ingente labor humanitaria, que le llevaría a salvar la vida a multitud de personas injustamente apresadas por sus ideas o convicciones religiosas, incluidas eminentes personalidades del bando contrario, como los falangistas Valdés Larrañaga y Raimundo Fernández Cuesta, por ejemplo, o el mismísimo Serrano Suñer. Gran parte del trabajo que desarrolló en este sentido, fue puntualmente recogido por Jesús Galíndez en su conocida obra Los vascos en el Madrid sitiado.

Pero sus esfuerzos y desvelos en favor de la vida no sólo han sido relatados por testigos amigos que puedan ser tachados de dudosa imparcialidad. Tampoco faltan testimonios procedentes del bando franquista que le reconocen ese papel. El falangista bilbaino Manuel Valdés, por ejemplo, refiere en su libro de memorias que fue la “inmediata y enérgica intervención del señor Irujo” la que le liberó de la siniestra Cheka en la que fue recluido en Madrid, devolviéndolo al centro penitenciario en el que cumplía condena. Irujo fue generalmente conocido por su rechazo a las ejecuciones. De hecho, fue su firme determinación a no firmar sentencias de muerte, la que le condujo a dimitir como ministro republicano.

El episodio protagonizado por Irujo en defensa de la vida del coronel Carrasco

Pero hay un episodio registrado en las primeras semanas de la guerra civil, que permite apreciar hasta qué punto estaba Irujo dispuesto a arriesgar su propia vida para salvar la de los demás. Se trata del gesto que tuvo en la Diputación de Gipuzkoa para impedir la ejecución sin juicio del coronel Carrasco por parte de un grupo de milicianos comunistas que pretendían darle el “paseo”.

En los días inmediatamente posteriores a la sublevación militar del 18 de julio de 1936, el Gobernador militar de Guipúzcoa, León Carrasco Amilibia, también conocido en Donostia con el apelativo burlesco de Leontxu, resolvió adherirse al cuartelazo y arrastrar consigo la guarnición de Loiola. Pero tras algunos enfrentamientos con las milicias armadas, negoció y acordó con Irujo la entrega del cuartel y la deposición de las armas.

El coronel Carrasco, no era precisamente nacionalista. Tampoco era amigo personal de Irujo. Pero ambos eran viejos conocidos; se conocían de lejos y se respetaban. El abogado navarro, por ejemplo, no tuvo reparo alguno para romper una lanza a favor de la dignidad personal y profesional del coronel en las Cortes republicanas. En un debate celebrado en el pleno de la cámara en 1934, Irujo salió al paso de los negativos epítetos que el nacionalista español José María Albiñana había endosado días antes a Carrasco desde su escaño:

“En su discurso, el Sr. Albiñana trató de mezclar al comandante militar de Guipúzcoa, Sr. Carrasco, en ciertas cosas que hacían desmerecer su honor. Yo tengo que decir que al Sr. Carrasco, que a nosotros los nacionalistas nos ha combatido siempre que ha podido con la ley en la mano, no tenemos nada que agradecerle; pero también debo manifestar, sres diputados, que el Sr. Carrasco es un hombre de honor, un funcionario modelo, justo y correcto”

Eran tiempos, como se ve, en los que no faltaban gestos de caballerosidad y delicada cortesía parlamentaria. Hoy, todo esto ha cambiado mucho.Sobre estos antecedentes, sobre los que se desarrolla el episodio que deseo destacar en este post.

Una vez rendida la guarnición, el coronel Carrasco y los restantes oficiales del cuartel fueron conducidos a la Diputación. Pero tal y como relata José Manuel Iradi, un joven nacionalista de la época, “De allí sacaron a Carrasco con la excusa de que lo iban a trasladar y en el puente de Hierro lo mataron. Al resto lo llevaron a la cárcel de Ondarreta”.

Lo que Iradi no recuerda -o, cuando menos, no registra en su relato- es precisamente el hecho que ahora quiero destacar: que Irujo abortó, con una intervención enérgica y valiente, poniendo en riesgo incluso su propia integridad física, la primera “saca” que los milicianos comunistas pretendieron llevar a cabo con Carrasco. Un episodio que, sin embargo, recuerdan con detalle otros protagonistas de la época.

El relato de Manuel Chiapuso

En un conocido libro autobiográfico que publicó años después, el anarcosindicalista guipuzcoano Manuel Chiapuso registra el hecho de la siguiente manera:

“El Partido Comunista, poco influyente en la ciudad, sobre todo después de la escisión de la Federación de Sindicatos Obreros Autónomos, quiso adular al sentimiento de venganza de la gente. Un piquete de ese Partido quiso apoderarse del coronel Carrasco para ejecutarlo sin ninguna forma de proceso. Presentó a la guardia encargada de vigilarle, una orden firmada y sellada para ser transferido al fuerte de Guadalupe en el lomo del Jaizkibel. La guarda sospechó la maniobra. La orden se la pasaban de mano en mano. Por fin el jefe decide:

– Voy a consultar
– ¿Estás loco? ¿No te basta la orden? ¿A ver si eres más fascista que el coronel?

Los milicianos armaron los naranjeros. La guardia se sometió. Al fin y a la postre poseía el papel que justificaba la entrega del prisionero. En el corredor, el piquete se topó con el diputado Irujo. Siguió fuerte discusión. Por fin Irujo consiguió recuperar al coronel, quien fue encerrado en el mismo cuarto que le servía de celda. Luego siguió una discusión de aupa entre Larrañaga e Irujo. Se cambiaron propósitos vivos y nada amenos. Larrañaga le trató de fascista. El gesto de Irujo no hizo sino retardar la suerte del coronel. La noche acababa de caer”.

Los retocados recuerdos de Amilibia

Miguel de Amilibia, un socialista de la época, de perfil acusadamente vasquista, recuerda también el episodio, pero lo altera ligeramente, atribuyéndose un protagonismo que, probablemente, no le corresponda. He aquí sus palabras:

“A León Carrasco lo guardamos en la Diputación. A los demás los llevamos a la cárcel de Ondarreta. Allí se produjeron una serie de dramas que a mí me dejaron muy amargo sabor de boca. Primero, el asalto a la cárcel, y después, los milicianos que vienen en busca de León Carrasco. En esto, Irujo que viene: “Amilibia, van a matar a León Carrasco”. “No, hombre, no; no puede ser; he hablado con él hace un momento”. Y, efectivamente, salgo y veo allí a cuatro o cinco milicianos armados hasta los dientes. Estaban allí de hecho para cerrarnos el paso. Era nuestra impotencia. La Junta de Defensa no tenía elementos propios, dependía de las milicias del partido. Les digo:

– ¿Qué vais a hacer? Aquí está Irujo, que me dice…
– No le hagas caso. Lo vamos a llevar a la cárcel con los demás.
– Bueno, vosotros respondéis de que llegue a la cárcel ¡Nada de disparates!

No llegó. Le pegaron un tiro en el camino. Si hubiera llegado, también hubiera muerto con los demás, porque se produjo el asalto a la cárcel y murieron casi todos los oficiales sublevados”

Como se ve, Amilibia se pone en el lugar de Irujo y prácticamente se atribuye en su integridad la valiente acción que éste llevó a cabo. Sin embargo, consciente de que no puede eclipsar a Irujo, añade:

“El Manuel Irujo de aquel tiempo era un hombre templado. Tuvo cierto incidente con un dirigente comunista que no tengo por qué identificar. Estábamos presentes Ortega y yo. Fueron unos segundos tensos. Aquello hubiera podido terminar muy mal para Irujo. Pero al fin se impuso la sensatez”.

El caballeroso testimonio de Irujo

En fin, quisiera reproducir aquí el relato que el propio Irujo recogió en el libro La guerra civil en Euzkadi antes del Estatuto, escrito pocos meses después que tuvieran lugar los acontecimientos que se citan:

“Había yo salido por breves momentos de la Diputación. Cuando volvía a la misma, observé que el coronel Carrasco, acompañado de cuatro milicianos armados de pistola y ametralladora, vestidos con uniforme de conocido signo, salía en aquel momento de la Diputación de Gipuzkoa. Resueltamente me dirigí al grupo, sujeté a Carrasco por un brazo y encarándome con aquellos, los pregunté quién había dado orden de entregarles a aquel preso. No esperaban sin duda el interrogante y aprovechando su indecisión empujé al coronel hacia la puerta, subí con él rápidamente la escalinata de la Diputación y reintegré al detenido a su prisión.

No es para describir la violentísima discusión a que el hecho dio lugar ante mis protestas y las imprecaciones de los rectores del grupo a que los milicianos pertenecían, discusión acaloradísima, durante la cual hubo un momento en que yo tuve apoyada una pistola ametralladora en el vientre durante varios segundos, mientras con gesto de extrema emoción en sus facciones, cruzaba su mirada con la mía mantenida, el mismo que acariciaba el gatillo con el índice de la mano derecha, persona perfectamente conocida y que en ese momento no era responsable de sus actos”.

Observación final

Como se puede observar, el valiente gesto de Irujo, lo situó en una posición límite. El límite hasta el que el abogado estellés era capaz de arriesgar para defender una vida humana. Chiapuso habla de “una discusión de aupa entre Larrañaga e Irujo”, en cuyo desarrollo “se cambiaron propósitos vivos y nada amenos”. “Larrañaga -constata- le trató de fascista”. Y ser considerado como fascista en la Donostia de las primeras semanas posteriores al 18 de julio, significaba directamente paredón. Amilibia anota que “Fueron unos segundos tensos. Aquello hubiera podido terminar muy mal para Irujo”. Y, en fin, el propio Irujo recuerda una “discusión acaloradísima, durante la cual hubo un momento en que yo tuve apoyada una pistola ametralladora en el vientre durante varios segundos, mientras con gesto de extrema emoción en sus facciones, cruzaba su mirada con la mía mantenida”.

Quisiera resaltar por último, la elegancia con la que se expresa Irujo cuando reproduce su experiencia. No desvela que los milicianos con los que se topó eran de filiación comunista. Se limita a señalar que iban “vestidos con uniforme de conocido signo”. Tampoco desenmascara a su responsable -el líder comunista vasco Jesús Larrañaga-, ni se ceba en la crítica. Antes al contrario, se limita a constatar que era una “persona perfectamente conocida y que en ese momento no era responsable de sus actos”.

Esa era inmensa talla humana de Manuel Irujo. Un producto genuino del PNV.

3 Respuestas a “La defensa de la vida y de los derechos humanos; seña de identidad del PNV (2)

  1. Claro, ya sabemos que los nacionalistas vascos eran los únicos buenos en la guerra civil. Por eso se rindieron sin luchar, para no tener que matar enemigos. Hoy parece que las coosas han cambiado, y se mata sin guerra, y el PNV llevan 30 años mirando hipócritamente para otro lado mientras otros realizan el trabajo carnicero.

  2. euskaldemoscopia

    Ánimo, Josu. Dos notas: gran socilista Amilibia y gran nacionalista Landaburu. Te dejo esto que he encontrado y no sé como interpretarlo. Pero me pica la curiosidad.
    http://euskaldemoscopia.wordpress.com/

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