La defensa de la vida y de los derechos humanos; seña de identidad del PNV (1)

Josu Erkoreka en su blog.En una de sus más conocidos escritos autobiográficos, titulado Hombre de paz en la guerra, el sacerdote vasco Alberto Onaindia refiere un episodio que refleja con gran plasticidad la firme y tenaz actitud que el PNV mantuvo en defensa de la vida humana durante la guerra civil.

Cuando Onaindía trabó en el Vaticano uno de los contactos para los que había sido comisionado por el Lendakari Agirre, su interlocutor, acostumbrado, sin duda, a recibir mensajes y requerimientos procedentes de los dos bandos, le preguntó:

– ¿En nombre de quién viene usted?

Y Onaindía, ágil y sagaz, como siempre, respondió:

– En nombre de los que no han matado a nadie.

En un conflicto tan encarnizado y cruento como aquél, donde la retaguardia se había convertido, en ambos bandos, en un espantoso infierno de asesinatos incontrolados, identificarse como alguien radicalmente ajeno a la práctica de detener arbitrariamente a los vecinos presuntamente vinculados al bando contrario y darles, sencillamente, el “paseo” -sin cargos, sin pruebas, sin juicio y sin reconocerles la más mínima posibilidad de defenderse-, era una manera de marcar distancias frente a lo que estaba ocurriendo en España y presentarse ante las instancias internacionales con un perfil propio; era una manera de afirmar con claridad: “Nosotros, ni compartimos, ni contribuimos a alimentar la brutal carnicería que está teniendo lugar entre nosotros”.

Esta firme actitud pro vida, le valió al PNV la crítica procedente de ambos bandos.

Las izquierdas del Frente Popular le acusaban de no combatir con la determinación y la energía necesarias. En la guerra -insistían- no debe haber contemplaciones con el enemigo. Y tanto escrúpulo en la defensa de la vida humana, restaba, a su juicio, eficacia a la lucha contra los rebeldes.

Las derechas, por el contrario, le afeaban su asociación con un bando regido por comunistas y ateos; algo inasumible en el ambiente católico de la época. “Con vuestra actitud -esgrimían- estáis, de hecho, propiciando el triunfo de las ideas y de las siniestras prácticas de los soviéticos, que son contrarias al humanismo cristiano y a la defensa de la vida”.

Desde ambos frentes se tachaba a los hombres y mujeres del PNV de ingenuos. De candorosos. De inocentes. De abrazarse, con candidez angelical, a unos valores tan puros, que no servían para conducirse con clarividencia y acierto en una coyuntura tan confusa y violenta como aquella, donde lo único importante era vencer sin contemplaciones al enemigo.

También se les acusó de traidores. Poner “peros” de raíz humanista al infernal avance de una máquina de guerra que está programada para aniquilar al enemigo, linda con la traición. E invocar razones del mismo carácter para salvar la cara a un ejército controlado por comunistas contrarios a las conquistas de la civilización occidental, también.

Mas, pese a unos y otros, el PNV nunca se apeó de su firme compromiso con el ser humano, su vida, su integridad y su dignidad. Bendita sea su ingenuidad. La ingenuidad del demócrata.

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