La transversalidad

Artículo de Pedro Larrea en El Correo.

Ignoro si la transversalidad es una categoría teorizada, mucho o poco, por la Ciencia política, pero aquí, en Euskadi, Euskalherría, Vasconia, País Vasco, Basque Country o como quiera que llamemos a la tierra de los vascos, el concepto dista de ser vago, oscuro o confuso, y, además, tiene nombres y apellidos precisos. La imposibilidad real de que un solo partido político alcance la mayoría absoluta en la Comunidad Autónoma Vasca obliga a formar coaliciones de gobierno. Dos son los paradigmas de referencia habitualmente barajados, el vertical y el trasnsversal, siendo el referente la identificación simbólica de una parte de la ciudadanía con la nación vasca y de otra con la nación española (mitad y mitad aproximadamente). Al parecer, la influencia de otras líneas de fuerza política (derecha-izquierda, conservador-progresista, burgués-socialista) carece de la contundencia discriminatoria necesaria para operar por encima de la disyuntiva nacionalista. Por tanto, coalición vertical es la que liga a partidos que comparten un mismo sentimiento de pertenencia nacional; y coalición transversal la que agrupa a partidos con sentimientos identitarios distintos. Para entendernos, coalición vertical es la que intentó frustradamente el tándem Mayor-Redondo en las elecciones de 2001, o la que proponen ahora los refundadores del espíritu de Lizarra; y gobiernos transversales los presididos por el lehendakari Ardanza desde 1986 a 1998.

En concreto, hoy y aquí, Gobierno vasco de coalición transversal equivale a gobierno PNV-PSOE (o al revés, dependiendo del resultado de las urnas). Se trata de dos formaciones políticas arraigadas, ya centenarias; que han vivido unidas la experiencia traumática de la derrota, la represión y la oposición clandestina; y que han trabajado conjuntamente en gobiernos de coalición (primero en el exilio y después en la democracia). Y, sobre todo, méritos curriculares aparte, son los dos partidos minoritarios más votados en la Comunidad Autónoma. De modo simplificado, ambos representan, cada uno por su lado, los dos sentimientos de identificación básicos que configuran la sociedad vasca, dos concepciones distintas de cómo interrelacionar lo español y lo vasco, dos sensibilidades diferenciadas ante los elementos simbólicos españoles y vascos, dos lecturas distintas de una historia común, dos tradiciones políticas y culturales propias y, en el momento presente, dos actitudes opuestas respecto a la manera de confrontar el autogobierno vasco con el Estado español.

Esta coaligación de ‘diferentes’ presenta ventajas ciertas (dejemos que otros señalen los inconvenientes), frente a la opción alternativa de agrupar formaciones ‘iguales’ o con la misma coloración nacional. Para empezar, estaríamos ante un gobierno políticamente más representativo, en el sentido de que refleja con un grado de fidelidad más alto la pluralidad nacional del electorado. Sería un gobierno integrador, obligado a aproximar lo que de primer intento se presenta como roto y fracturado. Se evitarían los frentismos y con ello el riesgo de que un bloque nacional imponga sus políticas al otro bloque, dañando determinados derechos personales de carácter individual o colectivo.
Un gobierno transversal, en efecto, elimina los unilateralismos, ya que se ve forzado a la negociación y al pacto; también exige una mayor dedicación a la cocina interna de los acuerdos, garantizando con ello la elaboración de un producto más ampliamente aceptado. El poder resulta mejor contrapesado, más fragmentado, menos concentrado. Al mismo tiempo, se corrigen algunas distorsiones exageradas en la ecuación poder-representatividad, evitando que formaciones-bisagra minúsculas ostenten una cuota de poder desmesurada.

Visto desde la perspectiva del nacionalismo vasco, la coalición con los socialistas permite alcanzar interesantes rendimientos políticos, tanto en el plano simbólico como en el del autogobierno. Tomemos el caso del euskera: su extensión progresiva entre la población no euskaldún ha sido, a la postre, más efectiva por vías de persuasión y consenso que por la mera imposición; recuérdense, si no, las políticas de los consejeros de Educación Buesa y Campos, la primera implantada con éxito y la segunda condenada a permanecer en el cajón. En el plano del autogobierno, por su parte, cualquier pretensión planteada ante la Administración del Estado, independientemente de su calado político, queda revestida de una mayor solvencia y autoridad que la pura andanada lanzada desde uno de los bandos en liza.

Pero, más allá de las ganancias en representatividad y en operatividad, una coalición transversal entre vascos de distinto pelaje identitario tiene el gran atractivo de emplazarnos a todos, individuos y grupos, a desarrollar una cultura política inclusiva, que estimula el diálogo y la aproximación con los ‘otros’; nos obliga a vencer nuestras naturales inclinaciones endogámicas, a empatizar con el de enfrente y comprender sus posiciones. Nos conduce a una pedagogía nueva, que destaca aquello que nos une sobre lo que nos separa y que enseña a combinar cuanto tenemos de universal y diferencial, relegando tanto los cosmopolitismos vacíos como los localismos pretenciosos.

En la transversalidad prima la cultura del mestizaje; se abandonan los purismos narcisistas bajo la admonición de que identidad pura es sinónimo de muerte; se fomenta la mezcla y se cultiva la pluralidad como virtudes que contribuyen al enriquecimiento mutuo; más aún, se eleva la pluralidad a la categoría de signo identitario de una sociedad tan compleja como la vasca. Y, sobre todo, el trabajo conjunto de personas con sensibilidades de pertenencia múltiples permite ir reformulando una identidad nueva, abierta y dinámica, que mira sobre todo al futuro sin renunciar a su pasado, que se piensa a sí misma como proyecto y no como definición a la que obsesivamente se vuelve una y otra vez, que se ocupa más de hacer que de ser…; una identidad, en fin, con rostro humano capaz de conjugar las peculiaridades culturales con las virtudes cívicas.

La transversalidad nos hace transversales, esto es, políticamente más laicos y menos dogmáticos, ya que se amplía el espacio de la ortodoxia y de la ortopraxis que el poder establece. Nos ayuda a avanzar hacia una sociedad de ciudadanos libres e iguales que se reconocen a sí mismos como vascos. Y dibuja en el horizonte el país no de unos sino de todos, a cuya construcción contribuimos tanto con nuestras aportaciones como con nuestras renuncias.

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