Recuerdo de Ajuriagerra

Txiki Benegas en DEIA.

Murió hace treinta años y fue, sin duda, una de las personalidades más destacables de la historia política del País Vasco durante el periodo comprendido entre la Segunda República y la Transición Democrática. Ajuriaguerra fue un hombre de partido, en el sentido de ser consciente de que el avance de un proyecto político requiere de un instrumento partidario sólido, tanto en la resistencia como en democracia. Le correspondió vivir una etapa extremadamente convulsionada de nuestra historia, y las propias dificultades hicieron que su sentido de la dignidad y del deber acrecentaran su dimensión personal conformando una trayectoria humana y política digna del mayor respeto.
Tuve el honor y la suerte de tratar a Ajuriaguerra personalmente compartiendo proyectos y problemas en muchas circunstancias, y en las discrepancias la confrontación política fue siempre correcta entre nosotros. Coincidí con él en muchas ocasiones durante el periodo 1971-1978. Reuniones en Bayona del Consejo Consultivo del Gobierno vasco en el exilio, encuentros en Cataluña con la coordinadora de fuerzas políticas, reuniones bilaterales PNV-PSOE, etc.

Siempre me trató con especial atención y yo siempre le escuché con interés y, desde luego, respeto. Compartimos también calabozos y tratos vejatorios en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, en Madrid, cuando fuimos detenidos en el transcurso de una reunión, en noviembre de 1974, en la que tratábamos de conformar un frente de unidad democrática contra la dictadura que, posteriormente, jugó un papel decisivo en las conversaciones con Adolfo Suárez para lograr la restauración democrática. Entre los detenidos, además de nosotros, estaban Felipe González, Nicolás Redondo, Iñigo Cavero, José María Gil Robles (hijo), José Pallach, Canellas, Dionisio Ridruejo, que yo recuerde. Se habían ausentado de la reunión con anterioridad Joaquín Ruiz Jiménez y José María Lasarte.

En litera y con bocadillos

Una vez elegidos diputados en las elecciones del 15 de junio de 1977 viajamos juntos en varias ocasiones a Estrasburgo, al Parlamento Europeo, para defender los intereses de nuestros arrantzales ante la comisión correspondiente. Viajábamos primero a París en tren, por la noche, desde luego en litera. Mi propuesta de viajar en coche-cama no prosperó nunca, era un lujo que no cabía en su forma de ser, y la cena era a base de bocadillos que él se preocupaba de traer de su casa, por cierto, bien sabrosos. Durante aquellas horas de viaje tuve la oportunidad de conocerle más de cerca y consolidar una amistad por encima de las diferencias políticas.

Ajuriaguerra pertenecía a una generación que, a pesar de ser víctimas principales de una insurrección militar y de cuarenta años de dictadura, eran conscientes de los errores cometidos durante la República. Esto se traducía en que, sin hacer dejación de los ideales, valoraba el pragmatismo en política y la consecución realista de objetivos posibles.

Juan me decía con reiteración que antes que el estatuto había que lograr tres cosas: la restauración del Concierto Económico para Bizkaia y Gipuzkoa, el distrito universitario vasco, y la región militar con capitanía en Bilbao en vez de depender de Burgos. “Sin la devolución del concierto no podemos hablar de nada” -argumentaba-. Nuestros jóvenes tienen que poder estudiar en el País Vasco. Cuando le decía que estos dos planteamientos los compartía plenamente, pero que no entendía el de la región militar me contestaba que “en esta etapa que será muy complicada, tenemos que poder hablar con el militar que mande en la región todos los días, aquí en Bilbao, para explicarle quiénes somos y qué queremos, para que nos conozcan. A veces estas gentes agradecen que se les diga las cosas a la cara, de frente.” “Tu sabrás”, le decía yo no muy convencido. En otro orden de cosas, Ajuriaguerra pensaba que había sido un error en el periodo republicano haber ido por detrás de los catalanes en la tramitación del Estatuto de Autonomía en las Cortes. “Esta vez, cuando llegue el momento, tenemos que adelantarnos”.

Me correspondió formar parte con él y con Juan Echeverría del trío negociador de la preautonomía. Fueron largas reuniones en Madrid, primero con el ministro de Administraciones Públicas de la época, Manuel Clavero, y en la fase final con el vicepresidente del Gobierno, Abril Martorell. Ajuriaguerra era muy meticuloso en todo y siempre nos reuníamos previamente para aunar y fijar nuestras posiciones.

En las negociaciones Ajuriaguerra era un gran oyente, escuchaba con una paciencia sin límites hasta que finalmente intervenía y con una frase lapidaria destrozaba los argumentos de la otra parte. Debo señalar que le resultaba mas fácil con Clavero que con Abril Martorell.

Se produjo el acuerdo y se promulgo el decreto-ley que regulaba la creación del Consejo General Vasco. Como consecuencia de su aplicación había que constituirlo y proceder a la elección del presidente de aquel órgano que iniciaba el camino hacia el autogobierno vasco. Con toda legitimidad, avalada por los resultados electorales, se presentaron dos candidatos, Juan Ajuriaguerra (PNV) y Ramón Rubial (PSOE). Al margen de la confrontación partidista el momento de la elección tenía un componente de belleza política, épico; de recuperación de la razón democrática; de reconocimiento de la trayectoria de dos personas limpias; dos condenados a muerte por el régimen anterior; dos reclusos del penal del Dueso; dos testigos de los fusilamientos nocturnos de sus compañeros por sorteo o por ruleta playera; dos personas que habían mantenido a sus respectivos partidos vivos desde la cárcel.

Éstos eran los que se disputaban aquel día la presidencia del Consejo General del País Vasco, sin duda un honor para el pueblo vasco haber contado con estas dos grandes personalidades a la hora de iniciar el camino hacia la autonomía.

Como si el destino no quisiera optar por uno de los dos se produjeron siete empates en las votaciones. Los candidatos enseñaban su papeleta en blanco antes de depositarlas en la urna. Ninguno se voto a sí mismo para deshacer el empate. Dicen -sobre todo insiste en ello Arzallus- que se había producido en Madrid un pacto previo ente PSOE y UCD para impedir la presidencia de Ajuriaguerra.

La UCD votó a Rubial

La verdad es la contraria y puedo dar fe de ello. La UCD votó a Rubial sin ningún tipo de pacto, simplemente porque lo preferían. Cuando se produjeron los primeros empates me llamó en dos ocasiones Felipe González, secretario general del partido, para decirme que su criterio era que facilitáramos la elección de Ajuriaguerra. Le contesté lo mismo las dos veces: “Esto que me propones debería haberse hablado antes. Yo ahora no puedo pedirles a los compañeros un cambio de voto y que Ramón sea derrotado”. Finalmente, Juan Echevarría cambió el suyo y Rubial fue elegido presidente. Conviví con los dos candidatos en el CGV hasta que Juan falleció. El comportamiento de ambos fue exquisito y un ejemplo de dignidad política para todos nosotros.

Ajuriaguerra insistió desde la primera reunión en que nuestra prioridad en aquel momento era el estatuto de autonomía y la convocatoria de la asamblea de parlamentarios para la elaboración del proyecto. Teníamos que ser esta vez los primeros y marcar el camino a los demás. Así lo hicimos y al final tuvimos que fletar una avioneta para adelantarnos a los catalanes y ser los primeros en registrar en el Congreso de los Diputados nuestro proyecto. Así también se cumplía uno de los deseos políticos de Ajuriaguerra.

La última vez que hablé con él estaba ya enfermo ingresado en el hospital. Le llamé por el tema de la Constitución. El PNV había anunciado que no la votaría. Le planteé el problema y le dije: “Juan, tú sabes que si no hay libertad y democracia en España no tendremos ni libertades vascas ni estatuto de autonomía. Es fundamental que tengamos una Constitución y si alguien tiene en mente romper el proceso democrático lo tenga que hacer contra una Constitución votada por el pueblo. Nosotros nos vamos a sacrificar y hemos aceptado la monarquía parlamentaria lo cual no ha sido fácil en el partido. Vosotros no podéis estar en contra de la Constitución, aunque tenga aspectos que no os gustan o parecen insuficientes. Tú sabes que este proceso está cogido con hilos y puede volver a fracasar”. “Yo ya les digo que hay que apoyar -me contestó- pero no me hacen mucho caso”. “Si tú quieres te harán caso como siempre”, le argumenté. Su respuesta fue: “No sé, no sé… no es fácil”. Su voz era tenue, lejana, apagada. No quise insistir. Me despedí deseándole que se recuperara pronto. De la misma opinión eran Irujo y Julio Jáuregui con los que también hablé.

Ajuriaguerra fue un político con una acusada personalidad que le confería autoridad para dirigir su partido y le garantizaba el respeto fuera del mismo. Fue un hombre de convicciones, de ideales pero a la vez pragmático, tenaz en la defensa de sus posiciones, contundente en sus expresiones aunque sabía escuchar y atender a razones cuando estaban fundamentadas. La austeridad era consustancial a su forma de ser. Él sabía que su vida era un ejemplo para propios y extraños. No quiero hacer mención en estas líneas a cuestiones áridas como el Pacto de Santoña. No toca. La muerte de Juan Ajuriaguerra supuso una gran pérdida para la política en el País Vasco y en el Estado y para mí personalmente, además, la pérdida de un amigo al que he querido recordar escribiendo estas líneas.

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