¿Por qué los socialistas nunca completarán el desarrollo del Estatuto de Gernika? (2)

Josu Erkoreka en su blog.

Antes de indagar las razones por las que, en mi opinión, no cabe esperar que los socialistas vascos promuevan lo que en los documentos del los años ochenta se conocía como el leal y completo desarrollo del Estatuto de Gernika, quisiera llamar la atención sobre un punto que me parece cardinal para situar en su auténtico contexto la cicatera actitud han adoptado -y, a mi juicio, seguirán adoptando- en relación con el autogobierno vasco.

El PSOE y su hijuelo vasco, nunca han asumido plenamente el sentido auténtico del Estatuto vigente.

¿Y cuál es, se me preguntará- el sentido auténtico del Estatuto? En mi opinión no hay mejor manera de aproximarse a él que indagando en los debates que se produjeron entre las fuerzas políticas al tiempo de su aprobación, con el propósito de descubrir cual fue la idea básica en torno a la cual, unas votaron -y pidieron el voto- a favor del mismo y otras lo hicieron en contra. Soy consciente de que el análisis que planteo me obligará a dedicar a este asunto más espacio del que los expertos recomiendan ocupar en el post principal de un blog, pero no me queda más remedio que hacerlo, por lo que pido disculpas de antemano.

Pues bien, el análisis de los documentos de la época pone de manifiesto que aun cuando no se dio una interpretación unívoca sobre el sentido político del Estatuto, fueron muchos -y no sólo los nacionalistas vascos, sino una inmensa mayoría del conjunto de los partidos políticos- los que, a la hora de fijar su posición en el referéndum, consideraron que el rasgo que mejor definía a la norma institutiva de la comunidad vasca era el hecho de que no establecía un marco rígido, hermético e inalterable para el autogobierno vasco. Antes al contrario, en opinión de una gran parte de los grupos políticos, votar sí al Estatuto de Gernika significaba prestar apoyo a un modelo de autogobierno intrínsecamente abierto a un marco más amplio que el estrictamente previsto en su parte dispositiva. Respaldar el Estatuto de Gernika equivalía a optar por un régimen de autogobierno flexible, elástico y evolutivo, que no fijaba techos insuperables ni metas infranqueables. Y precisamente porque unos y otros convenían en que la apertura era el rasgo distintivo más relevante de aquel texto, unos optaron por prestarle apoyo y otros, inquietos por los riesgos que entrañaba aquella imprecisión de cara a la unidad de España, acordaron negárselo.

Para casi todos los que compartían esa visión del Estatuto como norma flexible e intrínsecamente abierta, el precepto estatutario que autorizaba a sostenerla era la previsión cautelar incluida en la Disposición Adicional única, que establece:

“La aceptación del régimen de autonomía que se establece en el presente Estatuto, no implica renuncia del Pueblo Vasco a los derechos que como tal le hubieran podido corresponder en virtud de su historia, que podrán ser actualizados de acuerdo con lo que establezca el ordenamiento jurídico”

El único bloque político que rechazó unánime y rotundamente la consideración del Estatuto como texto abierto y flexible fue la llamada izquierda abertzale. Para las múltiples organizaciones que en aquella época conformaban este sector ideológico, el Estatuto que se sometía a referéndum era, por utilizar una expresión muy de moda, un “Estatuto-trampa”; una vía cerrada y sin salida alguna, que ahogaba definitivamente toda posibilidad de avanzar en el autogobierno y de resolver los problemas del País Vasco.

Pero, veamos, siquiera brevemente, en qué terminos se expresó el discurso que subrayaba el carácter abierto del Estatuto de Gernika.

No parece necesario recordar que, entre los líderes de aquellos grupos políticos de adscripción nacionalista vasca que se pronunciaron a su favor, esta visión abierta fue preponderante. Su apoyo al texto estatutario se justificó apelando al pragmatismo y a la idea de que aun cuando el texto sometido a referéndum no era el ideal, era el único posible en aquél momento. Pero tanto en los mítines de campaña como en los folletos explicativos que inundaron el País, este argumento solía completarse con una referencia a la citada Disposición Adicional del texto sometido a referendum que, dicho sea de paso, no era una novedad del Estatuto de 1979, sino algo que este había tomado de una tradición que arrancaba de la declaración de las Diputaciones forales de 1917. La reserva de derechos que configura esta Disposición les daba pie para afirmar que el innegable paso adelante que suponía el Estatuto no iba a introducir al País Vasco en una ratonera sin salida que, antes o después fuera a desplegar sus efectos mortíferos sobre el ímpetu desplegado por el pueblo vasco en pos de su autogobierno, sino todo lo contrario; suponía entrar en un escenario abierto en el que estaba expresamente prevista la posibilidad de dar nuevos pasos adelante hasta la plena satisfacción de lo que, no sin imprecisión, el precepto conceptúa como los derechos que pudieran corresponderle en virtud de su historia.

Evidentemente, este mensaje no fue monolítico. Cada organización política e incluso puede decirse que cada líder, imprimía a esta idea básica sus propios matices. Pero en lo esencial, puede decirse que la posición de los nacionalistas vascos favorables al Estatuto de Gernika respondió a las pautas descritas. Sirva como síntesis del modo en el que fue percibido este mensaje desde muchas instancias del Estado español, las palabras que el senador independiente Bosque Hita pronunció en la Cámara alta durante la tramitación del texto estatutario. En un intento por resumir las interpretaciones que del Estatuto estaban dando “…los dirigentes más moderados del pueblo vasco…”, este Senador del Grupo Mixto, que poco después ingresaría en Coalición Popular, constataba que “…desde los más significativos de estos dirigentes y representantes hasta los más modestos, empiezan a decir que el Estatuto vasco es un paso, no es el final de un camino…”.

Por parte de los partidos no nacionalistas y de los partidos nacionalistas españoles, se produjeron también manifestaciones a favor de esta consideración del Estatuto como texto jurídico flexible e intrínsecamente abierto a mayores desarrollos del autogobierno. Repasemos brevemente algunas de sus posiciones.

La derecha española puso especial empeño en acentuar esta característica del texto estatutario porque su voto negativo en el referéndum, se justificó, precisamente, en el argumento -convenientemente cargado de tintes apocalípticos- de que la Disposición Adicional del Estatuto era una especie de torpedo dirigido a la línea de flotación de la unidad indisoluble de la nación española. Así pues, lo que para muchos nacionalistas vascos era una razón decisiva para apoyar el Estatuto, para la derecha española constituía el argumento fundamental que justificaba su rechazo al mismo. Pero lo que ahora quisiera destacar es el hecho de que, tanto los unos como los otros, compartieran una misma concepción del Estatuto como norma elástica y flexible, abierta a través de su Disposición Adicional a la búsqueda de nuevos escenarios de autogobierno para el País Vasco.

En una de sus intervenciones ante la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados, Fraga Iribarne arremetía contra la Disposición Adicional que, en su opinión, “…hace que el Estatuto sea una norma insegura y más llena de sorpresas que la caja de Pandora…” . En el Senado, Matutes ratificaba punto por punto las posiciones del líder de su partido y centraba, también, sus iras en la consabida Disposición Adicional que, según el empresario balear, “…hace que el Estatuto sea una norma imprecisa, abierta a futuras reivindicaciones, que se presta a muchas sorpresas y, lo peor de todo, a una dinámica de continuo enfrentamiento…”. Muy gráficamente, el senador Boque Hita, ya citado, sostenía que la Disposición Adicional “…es un cheque en blanco que se va a llenar en una fecha que no sabemos y por una cantidad que desconocemos…” En un artículo publicado el 20 de octubre de 1979 en El Correo Español, el entonces presidente de AP Ruiz Gallardón, apoyaba también su voto negativo al Estatuto, en el argumento de que, su Disposición Adicional, constituían “…un paso hacia otras metas..”. Y para demostrar que esta caracterización del Estatuto como una mera estación de tránsito no era una patraña sin fundamento sino una peligrosísima realidad, traía a colación unas palabras de Mario Onaindia, quien días atrás había afirmado que el Estatuto de Gernika era un paso imprescindible para la independencia de Euskadi.

Evidentemente, UCD nunca hizo suya, expresamente y con carácter oficial, esta concepción abierta y flexible del Estatuto vasco. Pero en las declaraciones de algunos de sus líderes más significativos puede apreciarse que la compartían. No me refiero ahora a la confesión que Martín Villa hizo en privado alegrándose por no tener las manos manchadas con el Estatuto Vasco; una actitud que no se comprendería si no fuera desde una profunda concidencia con la lectura apocalíptica que la derecha hacía del Estatuto, como norma ilimitada y potencialmente destructora de la unidad española. Hubo dirigentes del partido en el Gobierno que suscribieron de modo expreso esta visión flexible y abierta de la norma institucional básica de la Comunidad Autónoma. Y quiero citar, por su alta significación, el caso de Jesús Maria Viana, conocido dirigente de la UCD vasca y amigo personal de Adolfo Suárez.

En la sesión de la ponencia mixta Congreso-Senado correspondiente al 6 de julio de 1979, llamó la atención una intervención de Viana en la que se mostraba favorable a la posibilidad de que el Estatuto de Euzkadi dejase una puerta abierta, por medio del espíritu de la disposición adicional, a la plena recuperación foral y al logro de mayores cotas autonómicas en el futuro. Interrogado al respecto después de concluida la sesión, Chus Viana declaraba a la prensa que “…mi actitud favorable se debe a que pienso que hay que dejar una puerta abierta que permita seguir recuperando el grado de foralidad que nos fue arrebatado en su día…”

En fin, tampoco desde el PSOE se rechazó del todo esta visión del Estatuto como cauce abierto, si bien es cierto que su adhesión a la Disposición Adicional fue siempre mucho menos entusiasta. En un texto muy elocuente, Txiki Benegas llegó a escribir, por ejemplo, que “…la Autonomía no es un proceso estático que culmina con la aprobación del Estatuto de Gernika. La Autonomía es un proceso dinámico en la historia. Los pueblos y las naciones se construyen lentamente y los procesos de transformación de la realidad social discurren a un ritmo muy diferente, y muchas veces, al margen de nuestro voluntarismo subjetivo. La Autonomía de hoy puede ser diferente a la de mañana. Lo importante es que el proceso que acaba con el Estado centralista y con el sojuzgamiento del Pueblo Vasco ha quedado abierto con el Estatuto de Gernika y puede se profundizado en la dinámica histórica de nuestro pueblo…”.

Como se puede comprobar en este dilatado recorrido, la concepción del Estatuto que se impuso de una forma mayoritaria en el momento de su aprobación, partía de la idea de que la reserva de derechos que contempla la Disposición Adicional única, convertía al texto de Gernika en una norma inaugural -pero no de cierre- del autogobierno vasco; una norma abierta, flexible e intrínsecamente abierta a la ampliación del autogobierno previsto en su articulado, sin necesidad de acometer una reforma formal del mismo. Muchos de los que votaron que Sí y gran parte de los que votaron que NO, lo hicieron desde esta concepción del régimen previsto en el Estatuto, como una estación de tránsito hacia un horizonte de mayor amplitud.

Al margen de las declaraciones de Txiki Benegas que he traido a colación y de algún otro pronunciamiento que se hizo en el mismo sentido, lo cierto es que, como organización política, el PSOE nunca ha asumido del todo esta visión abierta del Estatuto. Siempre la ha mirado con frialdad, distancia y escepticismo. Como deseando que no existiese, aun a sabiendas de que esta ahí, formalmente aprobada, con la misma fuerza vinculante que las restantes disposiciones del Estatuto.

De ahí que algunos de sus dirigentes insistieran en la vieja idea de Prieto, que auguraba la desactivación política del nacinalismo vasco desde el momento en el que el Estatuto se viese plenamente desarrollado. El PSOE no quería ver que lo que ellos denominaban “cumplimiento” de la norma estatutaria, era un proceso más largo y completo que el mero traspaso de las competencias previstas en los artículos 10 a 17 del texto de Gernika. La Disposición Adicional complicaba mucho el desarrolo estatutario, retrasando notablemente la línea del horizonte final.

El Gobierno estaba obligado, por supuesto, a llevar a cabo en favor de Euskadi todas las transferencias que venían exigidas por los artículos del Estatuto que contemplan competencias específicas. Todas. Pero eso no significaba que el cumplimiento del Estatuto hubiese llegado a su punto culminante, porque a partir de ese momento, la Disposición Adicional requería una nueva exploración; exigía la reapertura de un nuevo proceso descentralizador, más ambicioso y valiente, que se adentrara en el terreno de los derechos que al País Vasco le puediesen corresponder en virtud de su historia.

Dicho en otros términos, sin salirse del marco estatutario, el perímetro del autogobierno posible para el País Vasco era, merced a la Disposición Adicional, mucho más amplio que el estrictamente previsto por la parte de su articulado que se ocupaba de la cuestión competencial.

Así pues, la estación final del Estatuto se encontraba mucho más allá que en el estricto cumplimiento de su parte dispositiva. El Estatuto de Gernika no era un Estatuto más; no era una norma susceptible de ser cumplida en un solo acto. No. Una vez desarrollado su articulado, su Disposición Adicional abría nuevas expectativas; era una puerta abierta hacia nuevos horizontes de autogobierno, que los poderes públicos no podían dejar de franquear, porque esta disposición no es una mera declaración de principios sino una norma positiva que obliga a todos, con plena validez y efectos jurídicos.

Este planteamiento, que en el momento de la aprobación del Estatuto de Gernika era compartido de un modo casi generalizado por los actores políticos que participaron en su debate y aprobación -los que lo apoyaron y los que lo rechazaron- no ha gozado, sin embargo, de gran aceptación por parte de los socialistas, cuya gestión política se ha desarrollado desde la máxima resistencia a asumir una concepción abierta y elástica de la norma estatutaria que, guste o no, es la que marca su auténtico sentido político.

En esta negativa a asumir lo que tan nítidamente resulta de los debates sobre el Estatuto, radica, en buena parte, la clave que permite comprender las razones por las que los socialistas nunca abordarán honestamente, y con todas sus implicaciones, el desarrollo del Estatuto de Gernika.

Durante la presentación del Plan Guevara, Patxi López ha hablado de “desarrollar las potencialidades” del Estatuto de Gernika, pero no cree en ellas. En puridad, creo que ni tan siquiera sabe lo que son.

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