Querido José Mari

Carmen Torres Ripa en Deia.

Treinta años, y, ya ves, hoy intento adaptarme a tu presencia. Siempre estás igual en mi memoria, con 44 años. Es mágico el tiempo, porque el reloj se paró para ti un 28 de junio de 1978 y en mí han pasado treinta veranos, treinta otoños, treinta inviernos y treinta primaveras. En estos treinta calendarios, con el nacimiento de María, fuiste abuelo un día de agosto.

Tu primer nieto varón llegó una mañana de febrero, se llama José Mari, como tú. Después, en junio, nació Aitor y más tarde Pablo y Virginia, Mónica y otro precioso Pablo, Ignacio y Nicolás. He llegado a tus nueve nietos sin decirte que nuestros cinco hijos se casaron. Gabriel con Itziar, Miriam con Txema, Verónica con Joseba, Susana con Guillermo y Jesús con Matxalen. Cuando te fuiste, Gabriel tenía 11 años, Jesús 3 y… Nuestros cinco hijos han tenido un hermano. Es el pequeño de la casa con 24 años.

Me he preguntado cómo se puede decir a un marido que te has enamorado otra vez. Creo que no se puede. Es imposible.

Cuando me casé con Dani llevabas cinco años en el más allá. El amor no desaparece, ni siquiera se duerme. Es un sentimiento presente, en esa presencia sin tiempo de la eternidad.

No sé reunir en unas líneas treinta años.

Verás, primero fui viuda sin más. Una viuda demasiado joven para un título tan negro. Poco después de tu muerte entré a trabajar en La Gaceta del Norte -felizmente para ti no viste el final de aquel añejo gran periódico-. Mis compañeros al principio me miraron como a una extraterrestre rara que aterrizaba en una playa de oriente. Luego la calma me acompañó con los altibajos de las estaciones: frío, calor, lluvia, nieve y sol. Mi boda con Dani fue una especie de escándalo social. Me casé con un comunista, en un momento en que la reconciliación era una palabra difícil de pronunciar. Tuve versiones de todos los colores. Empezaba otra época más difícil de lo que esperaba porque una parte -de amigos y enemigos- vio en este matrimonio una traición a tu recuerdo. Era muy complicado explicar que el amor es una brisa que acaricia a su antojo.

Han pasado treinta años y veo tu sonrisa, tus dedos tecleando la máquina de escribir, la emoción de tus reportajes difíciles, la censura, la ilusión de tus libros recién publicados, las manifestaciones en que corríamos como protagonistas al margen de las pancartas para hacer una buena información. Si tuviste miedo alguna vez, nunca me lo dijiste. En aquellos doce años juntos me enseñaste qué era ser periodista. A tu lado fui una periodista de primera línea en un periódico no escrito. Fue la herencia que me dejaste para incorporarme a la actividad de un diario. Yo también perdí el miedo el día que te fuiste y, ya ves, pocos entendieron que el perdón es una asignatura difícil que nunca tiene examen final.

No estoy en ninguna asociación, colectivo o foro de víctimas porque creo que la víctima es el que se va. Aquí nos quedamos los que lloramos de pena por nosotros mismos. Tus hijos te han echado mucho de menos. Lentamente fuimos aprendiendo a vivir con esa ausencia. No puedo mentirte, hemos vivido momentos extraños. Morir por la libertad de expresión fue una trampa del destino. Ese derecho sigue sufriendo la incomprensión, la intolerancia y la violencia. Todo sigue igual. Tu noticia -mil veces repetida por hombres de buena voluntad- hay paz en Euskadi, sigue siendo una quimera. Pero, después de treinta años, puedo seguir diciendo que tú -que ostentas el amargo título de ser el primer periodista asesinado por ETA- ante Dios y ante los hombres, dejaste un dorado rastro de bondad. Un aroma que permanece en tus hijos, en tus nietos y en los miles de folios que escribiste a lo largo de tu vida.

Mañana se estrena un Premio con tu nombre para un periodista del mundo que haya demostrado su lucha por la libertad de expresión. Yo puedo decirlo bien alto: José María Portell, la defendió.

Fue mi marido.

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